lunes, 21 de junio de 2010

Libro de Eclesiástico

Libro de ECLESIÁSTICO







Entre los nombres que se le ha dado en la Biblia griega, destacan Σοφία ησο ϒο Σιράχ (según el Códice Sinaítico y Alejandrino), o simplemente Σοφία Σειρáχ (según el Códice Vaticano). Los Padres de la Iglesia lo denominaron   (Sabiduría de todas las virtudes), Eusebio de Cesárea el “Chronicon”, San Jerónimo , o Clemente de Alejandría “El Maestro” (Παιδαγωγός); mientras que los Padres Latinos acabaron llamándolo “Eclesiástico”. Todos estos nombres testifican de la alta estima que obtuvo en los círculos cristianos. Los judíos, quienes nunca reconocieron su canonicidad, lo llamaron durante el período talmúdico “El Libro de Ben Sira” o “Los Libros de Ben Sira” (), y una copia hebrea que llegó a manos de San Jerónimo, se la denominó “Parábolas” (= ). Sin embargo, el hecho de que versículos de esta obra se citan en el Midrash estén precedidas por la palabra “Mashll” o “Matla” no prueba que tal fuera el título del libro, sino que simplemente esos versículos se han aceptado como proverbios. El nombre siríaco es “La Sabiduría de Bar Sira”.









El autor, el único del Antiguo Testamento y de los Apócrifos que firma su obra, se le llama en el texto griego “Jesús, el hijo de Sirac de Jerusalén”. Los manuscritos más antiguos (Sinaítico, Vaticano, Alejandrino, Véneto) añaden a Σειρáχ el nombre de λεáζαρ o λεΆζαροζ, probablemente un error por λεαζáρου, probablemente el nombre de su abuelo. La copia que poseía Saadia decía (“Simón, hijo de Jesús, hijo de Eleazar ben Sira”), y una lectura parecida sucede con el Manuscrito hebreo B, del cual se hablará más adelante. Intercambiando las posiciones de los nombres “Simón” y “Jesús” se obtiene la misma lectura en otros manuscritos. Lo correcto del nombre “Simón” se obtiene por la versión siríaca, el cual dice: (=”Jesús, hijo de Simón, llamado Bar Asira”). La discrepancia entre las dos lecturas “Bar Asira” y “Bar Sira” es digna de mención, siendo “Asira” (=prisionero) una popular etimología de “Sira”. La evidencia parece mostrar que el nombre del autor era Jesús, hijo de Simón, hijo de Eleazar ben Sira.









El tratar de identificar al nombre del autor con alguno de los linajes que poseyeron el sumo sacerdocio ha sido un fracaso continuo, ya que se basaba la suposición de que fuera sacerdote en un error del copista; pues, mientras que en el Códice Sinaítico se lee , esto es, más allá de toda duda, un error del copista, y se debiera corregir por . De acuerdo con la versión griega, aunque no con la siríaca, el autor viajó extensamente y estuvo frecuentemente en peligro de muerte1. En el himno del capítulo 51 él habla de los peligros de todas clases de los que el Señor lo ha librado, aunque esto sea probablemente una licencia poética a imitación de los Salmos. Las calumnias a las que se expuso en presencia de cierto rey, que se supone que fue uno de los Lágidas, sólo se mencionan en la versión griega, siendo completamente ignoradas en las versiones hebrea y siríaca. El único hecho conocido del autor es que fue un erudito y un escriba basado en la ley, y especialmente en los “libros de la Sabiduría”. Sin embargo, no fue un rabino, ni un médico como se ha conjeturado.









La fecha aproximada de redacción del libro y el período de la actividad literaria de su autor son algo menos indudables. El traductor griego afirma en la introducción que fue el nieto del autor, y que llegó a Egipto en el año 38 del reinado de Ptolomeo Evergetes, un epíteto que sólo lo llevaron dos reyes lágidas: Ptolomeo III (247 – 222 antes de Cristo) y Ptolomeo VII (a veces nombrado IX). El primer monarca no puede ser el del texto pues reino 25 años. El último subió al trono en el año 170 antes de Cristo junto con su hermano Ptolomeo Filometor, pero pronto se convirtió en el único gobernador de Cirene, y del 146 al 117 antes de Cristo se movió por todo Egipto, aunque se data su reinado por el año en que fue coronado (170 antes de Cristo). El traductor debió haber ido, por tanto, a Egipto en el año 132 antes de Cristo, y si la cronología media de dos generaciones se cuenta correctamente, la fecha de Ben Sirá debe caer en el primer tercio del segundo siglo antes de Cristo. El resultado de este cálculo se confirma por el hecho de que el autor vivió antes de la persecución de Antíoco IV Epífanes, ya que no lo alude. Además Ben Sirá elogia a un sumo sacerdote llamado Simón, hijo de Johanan (Onías en el texto griego), testimonio de la admiración por la situación actual del receptor de su panegírico. Hubo, sin embargo, varios sacerdotes que se llamaron Simón, hijo de Onías, uno de ellos hicieron su ministerio entre 300 y 287 antes de Cristo, y otro de 226 a 199. El Simón que se menciona, sólo puede ser el más reciente de los dos; y como cierto pasaje parece haber sido escrito poco después de su muerte, el período de su composición coincide con el período aventurado más arriba. La obra es en realidad una recopilación de máximas escritas en varios períodos, un hecho que explica las numerosas repeticiones y contradicciones.



Ha habido intentos de refutar estas afirmaciones. Según Flavio Josefo, Simón I el Justo (300-287) era el único sumo sacerdote del cual Ben Sira sólo podría elogiar, y según él, el libro sería un siglo más antiguo; referente al número 38, pudiera referirse a la edad del traductor a su llegada a Egipto. De hecho, el término πάππος no significa necesariamente “abuelo”, sino también “antepasado remoto”. Esto, como se ha mantenido, revelaría la frecuente incomprensi´on del traductor de las palabras de Ben Sira, lo cual haría muy extraño que el traductor fuera el nieto del autor. Sin embargo, todas esos reparos, que serían ocioso refutar, se han abandonado.



Eclesiástico se parece mucho a Proverbios, excepto que es la obra de un solo autor, no la recopilación de máximas recogidas de diferentes fuentes. Algo, es cierto, ha negado a Ben Sira la autoría de los dichos breves, y lo han considerado como un simple compilador, basándose en sus propias palabras2. Esto probablemente sea una sencilla expresión de modestia. Las frecuentes repeticiones e incluso contradicciones sólo prueban que Ben Sira, como todos los moralistas, no componen la obra de una vez; más aún, la unidad del libro en su totalidad es notable.









Existen dos teorías referente a la composición del libro por el autor. La primera, defendida por muchos eruditos, mantiene que una lectura imparcial de los temas tratas y de su ordenación interna conduce a que toda la obra fue producto de una sola persona. El propósito final sería la de testificar: el propósito de enseñar el valor práctico de la sabiduría, y se puede observar además el mismo método en el manejo de los datos, mostrando siempre el escritor el conocimiento certero de los hombres y de las cosas, nunca citando a autoridad extraña a lo que él dice. Un examen cuidadoso de sus contenidos revela una unidad diferente de actitud mental de parte del hacia los mismos principales temas, hacia Dios, la ley, la sabiduría, etc. Esta teoría no niega la diferencia de tonos a lo largo de la obra, pero que se encuentran en los temas menores de la obra; que las diversidades así observadas no van más allá del rango de la experiencia del hombre; que el autor escribe en diferentes intervalos y bajo una gran variedad de circunstancias, por lo que no debiera maravillar si las partes así compuestas lleven el convencimiento manifiesto de un marco mental algo diferente.



La otra teoría afirma que el libro de Eclesiástico fue el producto de una obra de recopilación. Según los defensores de esta tendencia, el carácter recopilatorio del libro no entra en conflicto con la unidad real de propósito general extendiendo y conectando los elementos de la obra; tal propósito prueba, de hecho, que una persona ha unido esos elementos para un fin común, pero en verdad deja intocable la cuestión de que si a una persona se le debe considerar como el autor del contenido del libro, o más bien como la combinación de materiales ya existentes. Entonces, concediendo la existencia del único propósito general en la obra del hijo de Sirac, y admitiendo de igual modo que ciertas partes del Eclesiástico le pertenecieran como el autor original, creen que en conjunto el libro es una recopilación. Argumentos para ello son que al autor se le describe como “un espigador a continuación de los vendimiadores” y así hablando de sí mismo3 nos da a entender que era un recopilador o compilador. La estructura de la obra delata un proceso de compilación. El último capítulo es un apéndice o anexo, y se añadió después de la finalización de la obra. El capítulo de apertura se lee como una introducción al libro, y de hecho diferente en el tono del resto de los capítulos que les sigue, mientras que se parece a algunas secciones distintivas que se embuten en capítulos posteriores. En el cuerpo del libro está la oración por lo judíos de la dispersión4, y desconectado de los dichos que se encuentran a continuación. También hablan a su favor de la repetición de los mismos dichos en varios lugares de la obra, en aparentes discrepancias de pensamiento y de doctrina, en ciertos encabezamientos tópicos al principio de secciones especiales, y en un salmo añadido en el texto hebreo5.









El libro de Eclesiástico es una recopilación de máximas y de consejos morales, a veces de carácter útil y en su mayor parte de carácter secular o temporal, aun que ocasionalmente concurren dichos religiosos. Son aplicables a todas las condiciones de la vida: a los padres y a los hijos, al esposo y a la esposa, al joven y al anciano, a los maestros, a los amigos, al rico y al pobre. Muchos de ellos son normas de cortesía y de educación; y en mayor número contienen advertencias e instrucción como los deberes del hombre hacia sí mismo y los demás, especialmente la pobre, como también hacia la sociedad. Al estado y a Dios. Estos preceptos se ordenan en versículos que se agrupan según su forma externa en caso de que su contenido no sea intrínsicamente coherente. Las secciones son precedidas por elogias de la sabiduría que sirven de presentaciones y marcan las divisiones de las diferentes secciones.



La Sabiduría, desde el punto de vista de Ben Sira, es sinónimo del temor de Dios, y a veces lo confunde inconscientemente con la ley mosaica. Es esencialmente práctico, un conocimiento rutinario; y sería vano tratar de conseguir alguna hipótesis, puesto que el misticismo es completamente opuesto al pensamiento del autor. Las máximas se expresan en fórmulas exactas, y se ilustran con imágenes impactantes.. Muestran un profundo conocimiento del corazón humano, la desilusión de la experiencia, la simpatía fraternal hacia el pobre y el oprimido, y una inconquistable desconfianza hacia las mujeres. La obra posee pensamientos puros y elevados, y todo se caracteriza por una piedad sincera e iluminativa, que ahora se llama liberalismo de ideas.



Como en Eclesiastés, dos tendencias opuestas luchan en el autor: la fe y la moralidad de los tiempos antiguos y el epicureísmo de fecha reciente. Ocasionalmente Ben Sira realiza digresiones para atacar teorías que considera peligrosas; por ejemplo, la doctrina de que la misericordia divina perdona los pecados, que el hombre no tiene la libertad de elección, y que Dios es indiferente a los actos de la humanidad, y que no recompensa la virtud. Algunas de las refutaciones a estas doctrinas falsas ocupan mucho espacio. Por medio de estos capítulos moralistas corre la oración de Israel implorando a Dios que reúna a sus hijos, para traer el cumplimiento de las profecías de los profetas, y que tenga misericordia de su templo y de su pueblo. El libro concluye con una justificación de la divinidad, cuya sabiduría y grandeza se revelan en todas sus obras (por tanto, se incluye una descripción de las bellezas de la creación), y también en la historia de Israel. Esta forma de historia sagrada, sin embargo, es poco más que un panegírico de los sacerdotes, terminando con un entusiasta elogio del sumo sacerdote Simón ben Onías. Estos capítulos se completan con la firma del autor, seguido de dos himnos, el último una clase de acróstico.









Entre las doctrinas del Eclesiástico caben citar que sólo hay un Dios6, que vive y es eterno7, y aunque su grandeza y misericordia exceden a toda comprensión humana, se manifiesta al hombre por sus obras maravillosas8. Es el creador de todas las cosas9, que hizo por su palabra de mandamiento, estampándolas con todos los signos de grandeza y bondad. El hombre es la obra de sus manos elegida, a quien hizo para su gloria, confiriéndole ser el rey sobre todas las demás criaturas10, confiriéndole el poder de elegir entre el bien y el mal11, y le hizo responsable de sus propias decisiones12. En su trato con el hombre, Dios no es menos misericordioso que recto13. De entre los hijos de los hombres Dios reservó para si mismo a una nación o pueblo, Israel, en medio del cual desea que resida la sabiduría14, y a favor de ello el hijo de Sirac ofrece una ferviente oración repleta de recuerdos de las misericordias de Dios a los patriarcas y a los profetas de la antigüedad, y de ardientes deseos para la reunión y la exaltación del pueblo elegido15. Es muy claro que el patriota judío esperara que la vuelta de Elías contribuyera a la gloriosa restauración de todo Israel16, esperando ansiosamente el tiempo de la manifestación del Mesías. Sin embargo, no habla de una interposición (=intercesión) a favor del pueblo judío o de la futura venida de un Mesías personal. Alude a la historia de la Caída, cuando dice: “De la mujer vino el principio del pecado, y por ella todos morimos”17, y aparentemente conecta con esta desviación de la rectitud las miserias y pasiones que pesan tanto sobre los hijos de los hombres18. Dice muy poco concerniente a la vida venidera. Las recompensas terrenales ocupan lo más prominente, o quizá incluso el único lugar, según el autor, como sanción a las decisiones buenas o malas del momento19; pero no será extraño con quien está familiarizado con las limitaciones de la escatología judía en las partes más antiguas del Antiguo Testamento. Pinta la muerte a la luz de una recompensa o de un castigo, tanto si es dulce para el justo o una liberación final de las enfermedades20, o, por el contrario, un terrible fin que alcanza al pecador, cuando al menos lo espera 21. El autor considera al mundo subterráneo o Seol como un lugar horrible, donde no se puede rogar a Dios22.



La idea central, moral y dogmática del libro es la de la sabiduría. Ben Sirac la describe bajo aspectos importantes. Cuando habla de ella en relación con Dios, casi la inviste de atributos personales. Es eterno23, inescrutable24, universal25. Es el poder creador y formador del mundo26. En relación con el hombre la sabiduría viene del Todopoderoso y obra excelentemente en quienes le aman27. Se le identifica con el temor de Dios28, que debiera prevalecer en Israel y promover entre los hebreos el pleno cumplimiento de la ley de Moisés, al cual el autor del Eclesiástico lo considera como la corporeización de Dios en la sabiduría29. Es un tesoro inapreciable, a cuya adquisición se deben realizar todos los esfuerzos, y la impartición de lo que a otros nunca debe envidiar30. Es una disposición del corazón que induce al hombre a practicar las virtudes de la fe, esperanza y amor de Dios31>, de confianza y sumisión, etc. ; que también le asegura la felicidad y la gloria en esta vida32.









La Sabiduría de Jesús marca una época en la historia del pensamiento judío, tanto de lo que cuenta como de lo que silenciosamente oculta. Mientras el autor recuerda las ofrendas de los sacrificios prescritos y la veneración de los sacerdotes, condena la hipocresía y aconseja la unión de la práctica religiosa externa con la pura conciencia y la práctica de la caridad. Sin embargo, nunca menciona la ley sobre los alimentos, que se exponen en gran medida en Daniel y Tobías, y especialmente en Judit. En manera semejante, mientras espera el retorno de Elías para reunir las tribus perdidas y reconciliar al padre con sus hijos, y mientras ruega por la venida de un tiempo que puede calificarse de mesiánico, cuando Jerusalén y el Templo serán restaurados al favor divino e Israel sería liberada para siempre del yugo extranjero, nunca alude al Mesías que será el hijo de David; por el contrario, afirma que la casa de David ha permitido que sea indigna del favor divino, ya que de los reyes de Judá, tres sólo fueron fieles. Ben Sira nunca habla de la resurrección de los muertos, ni de la inmortalidad del alma, pero declara que en el Seol no habrá gozo, por lo que el hombre debería gustar en el mundo de la dicha, para que fuera compatible con una vida feliz.









Tiene huellas de influencias helenísticas. Es posible que el autor en sus viajes haya tenido contactos con la civilización griega, puesto que habla de poetas extranjeros y de los moralistas de cuya fama se ha extendido en el extranjero. Las costumbres que describe están tomados más de la sociedad griega que de la hebrea; así menciona banquetes acompañados de brillante conversación, en el que se escuchaban los instrumentos musicales, y sobre el que presidía el maestro de ceremonias; y también merecen su interés las costumbres de los sibaritas. Los filósofos fatalistas, cuyas enseñanzas rebate, son indudablemente los estoicos; y las charlas filosóficas instituidas por él fueron innovadoras y probablemente prestadas. Sus críticas a los escépticos y sus seguidores son evidencias de su conocimiento del helenismo; y algunos de sus puntos de vistas presentan fuertes analogías en Eurípides. No sólo comparte ideas características de los trágicos y moralistas griegos, sino que incluso tiene el mismo gusto por ciertos temas comunes como la falsa amistad, la incertidumbre de la felicidad, y especialmente los defectos de las mujeres. Esa impresión de la influencia griega se ve fortalecida por la presencia de un barniz bastante extraño a la literatura hebrea. El autor compone sus aforismos con cuidado, hace las transiciones con destreza, e introduce títulos a los capítulo como “Sobre la naturaleza”, “Comportamiento apropiado en la mesa”, o “El himno de los patriarcas”. La firma de su nombre es una práctica completamente desconocida en la literatura hebrea.









La exclusión de Eclesiástico del canon fue debida en parte por la influencia de los griegos y de la afectación de su literatura. Algunos han condenado su misantropía, su misoginia y el epicureísmo del autor. El epicureísmo quizá se deba a su negación de la vida futura, y quizá su espíritu presaduceo de reverencia hacia el sacerdocio.









El libro retuvo su popularidad entre los judíos, a pesar de no estar incluido en el canon. Se cita muy tempranamente. El libro de Tobías reproduce un número de pasajes palabra a palabra, mientras que el Libro de Enoc, los Salmos de Salomón, e incluso el Talmud, el Midrashim y similares producciones muestran rasgos de su influencia. La popularidad del Eclesiástico entre los judíos de la época talmúdica se observa por la cita de un número de versículos en arameo, con una alusión a Ben Sira, que prueba que debió haber sido traducido a ese dialecto, enriqueciéndole con otros aforismos en esa misma lengua.









Al Libro de Eclesiástico todavía se le honra entre los cristianos, citándosele en la Epístola de Santiago33, en la Didache34, y en la Epístola de Barnabas35, mientras que Clemente de Alejandría y Orígenes lo citan repetidamente como de un γραφή o libro sagrado. En la Iglesia Latina Cipriano lo cita repetidamente en sus “Tewstimonia” como lo hace Ambrosio de Milán en la mayor parte de sus escritos. De similar forma el Catálogo de Chetelham, Dámaso I, los concilios de Hipona (393) y Cartago (397), Inocencio I, el segundo concilio de Cartago (417), y San Agustín todavía lo consideran como un libro canónico. Esto es contrario, sin embargo, a las opiniones de San Jerónimo, del concilio de Laodicea, y de Rufino de Aquileia, cuyas autoridades lo incluyen entre los libros eclesiásticos. Finalmente el Concilio de Trento lo declaró canónico.









Hasta años recientes el Libro de Eclesiástico sólo era conocido por las versiones griega y siríaca, las fuentes de todas las traducciones. Al presente se conoce la mayor parte del original. En 1896 Agnes Smith Lewis y Margaret Dunlop Gibson trajeron del Este una hoja de pergamino escrito en caracteres hebreos antiguos. En Cambridge se le mostró a S. Schechter, quien reconoció en él un fragmento del Eclesiástico36, y publicó la traducción, la cual no significa que fuera fácil. Casi simultáneamente Sayce presentó a la Biblioteca Bodleiana en Oxford una recopilación de fragmentos de manuscritos hebreos y árabes entre los que Neubauer y Cowley encontraron nueve hojas del mismo volumen a los que pertenecía a la hoja de Lewis-Gibson. Estos fragmentos provenían del Genizah de El Cairo, por lo que Schechter fue allá, obtuvo el permiso de las autoridades competentes para examinar los contenidos de esa recopilación , con ele resultado de que no sólo había encontrado la parte final del manuscrito sino también 30:11, 32:1b – 33:3; 35:9 – 36:21; y 37:27 – 38:27. Dos fragmentos más del mismo manuscrito, llamado por Schechter Manuscrito B, que contenían 31:12-31 y 36:24 – 37:26 habían sido certificadas como auténticas por el Museo Británico. Un segundo manuscrito (el Manuscrito A) había sido traído por él de Egipto, y contenía 3:6 – 16:26 con un hiato de 7:29 a 11:34. Se hizo un descubrimiento posterior, cuando las partes restantes del Genizah salieron a la venta, e Israel Levi certificó la existencia del Manuscrito C que contenía 36:24 – 38:1. Este manuscrito es importante, ya que sirve de comparación con el Manuscrito B.









Manuscrito A: 18 x 11 cm.; 28 líneas por página. Se marcan los versículos con dos puntos, y ciertos versículos se puntúan y se acentúan, confirmando así ciertas afirmaciones de Saadia. El escriba es culpable de errores de gran calibre para abreviar algunos versículos y omitir otros.









Manuscrito C: 16 x 12 cm. Se vocalizan y acentúan ciertas palabras y versículos: la escritura muestra tendencia a la cursividad, aunque de un tipo antiguo. Al margen se dan unas variantes de los versículos que representan el texto original, corruptas incluso en los tiempos del nieto de Ben Sira.









Manuscrito D: 14,3 x 10 cm; 12 líneas por página. Frecuentemente el texto es preferible al del Manuscrito A, y ofrece variantes respecto del texto griego, mientras que la lectura del A corresponde con la versión siríaca.









Manuscrito B: 19 x 17 cm.; 22 líneas por página. Éste es el más interesante y curioso de todos, y contiene ciertas peculiaridades que la hacen única entre los manuscritos hebreos conocidos. Las líneas se escriben con el estilo parecido al de los rollos de la Torah, y, como en algunas copias del Proverbios y del Libro de Job, se deja un espacio en blanco entre los hemistiquios de cada versículo, para que las páginas se dividan en dos columnas. Esto corroboraba la afirmación de Saadia de que el libro de Ben Sira recopilaba proverbios en capítulos y versículos. Los capítulos, a veces, se indicaban con la letra inicial (= ), y otras por un espacio en blanco. La peculiaridad más notable consiste en los encabezamientos de los capítulos o títulos tales como (“Instrucción como la vergüenza”), (“Reglas para el comportamiento apropiado en la mesa”), y (“Himno de los Patriarcas”), aunque en la versión griega se consideran interpolaciones de los copistas. Otra observación digna de mención de este manuscristo de glosas marginales masoréticas, conteniendo variantes, algunas de las cuales sólo son en cuanto a ortografía, mientras que otras son sinónimos o incluso palabras con diferentes significados. Estas glosas son la obra de un judío persa, quien en varias notas marginales dice que había utilizado dos manuscritos para añadirlos al principal. Tal cuidado era indicativo de la alta estima que se tenía al libro de Ben Sira. La lectura de las notas marginales presentan un interesante problema. Como norma, el cuerpo de los textos pertenece a la versión griega, y las glosas del margen a la versión siríaca; pero a veces sucede lo contrario.









El profesor S. Margoliouth, observando el carácter decadente del idioma, el número de rabinismos, y los barbarismos arameos y árabes, consideró el texto hebreo como una reconstrucción de los originales perdidos sobre las bases de las versiones griegas y siríacas, las variantes representan los diferentes intentos en la retraducción. El descubrimiento del Manuscrito C, sin embargo, dinamita esta hipótesis, puesto que reproduce con exactitud la mayor parte de las variantes del Manuscrito B, incluso cuando son manifiestamente falsas, mientras que el traductor de este último manuscrito realiza su tarea con tanta escrupulosidad que incluso registra variantes que fueron significativas. Si, por tanto, las diferencias entre el texto y las glosas marginales corresponden a las diferencias entre las dos traducciones, esto solamente muestra que hubo dos recensiones del original. Más aún, está claro que estos fragmentos no son obra de un erudito medieval sino que son más o menos copias del texto hebreo como se muestra en el siguiente ejemplo. En 32:22 la versión hebrea tiene . Para la última palabra el texto siríaco lo sustituye por (=”tu camino”), que el contexto muestra ser defectuoso, debiéndose la lectura a una confusión de con . La versión griega dice “tus hijos”, el significado atribuido a en varios pasajes de la Biblia. Pero teniendo en cuenta que el copista hebreo usabe la versión griega, nunca habría encontrado en τν τέκνων σου con la hebrea , la correción de lo cual se atestigua en la versión siríaca. Hay numerosos ejemplos similares.









Aunque la teoría de Margoliouth se debe rechazar en su integridad, , ciertos detalles indican que el Manuscrito y el Manuscrito B provienen de una copia caracterizada por interpolaciones debidas a una retraducción del siríaco al hebreo. En un número de pasajes los mismos versículos se dan en dos traducciones diferentes, una de las cuales habitualmente corresponde al siríaco. Más aún, esos versos en su correspondencia con el siríaco se convierten frecuentemente tan significativos que sólo se pueden explicar como traducciones incorrectas del siríaco. Tales pasajes sospechosos se caracterizan por un estilo lingüístico e idioma comparativamente más modernos, por una fraseología común, y por una ruptura en el paralelismo. Por tanto, se puede concluir suficientemente que estos dobletes son muletillas para traducir el siríaco de una forma más inteligible.









Pero el que hizo las glosas no se conformó con estas modificaciones y pequeños añadidos, porque añadió a su copia una traducción del himno final, basándose en la versión siríaca. Este cántico es un acróstico alfabético, que todavía se rastrea en la versión siríaca por la similitud entre ese idioma y el hebreo. Sin embargo, hay lagunas en la versión siríaca que se compensan en la griega, incluso en los pasajes que faltan en el hebreo. En el hebreo permanecen algunas huellas de lo que quedaba del acróstico en los casos donde el siríaco era traducible sólo por una palabra hebrea que empezaba con la misma letra; pero en otras partes los vestigios han desaparecido. Más aún, la versión siríaca muestra evidencias de corrupciones y de innovaciones que se reproducen en la traducción hebrea. La versión siríaca corresponde ocasionalmente con el griego, pero tiende a una confusión de sentido que eventualmente altera el significado, estas modificaciones también se reproducen en el texto hebreo.



La versión hebrea contiene el cántico entero que no aparece ni en el texto siríaco ni en el griego. Esto, sin embargo, es de dudosa autenticidad, aunque cualquiera puede citar a su favor la frase “ Oh, le damos las gracias, porque elegiste a los hijos de Sadoc para ser sacerdotes”, aludiendo a los sumos sacerdotes anteriores a los Macabeos, que descendían de Sadoc; mientras que otro argumento se fundamenta por la ausencia de ideas esencialmente fariseas, tal como la resurrección del cuerpo. Contra la autenticidad del himno se puede argumentar: su omisión en las versiones; la frase “Oh, le damos gracias porque hizo el cuerno de la casa de David para que crezca” es opuesta en sentimiento al capítulo 36 y al “Himno de los Patriarcas”; y la notable similitud del himno al "Shemoneh 'Esreh" junto con las oraciones que preceden y sigue al “Shema”. LA cuestión no ha sido completamente resuelta.









A pesar de las interpolaciones y correcciones mencionadas, no se puede rechazar la originalidad del texto en estos fragmentos de Ben Sira. Ademád del hecho de que muchos eruditos niegan la existencia de interpolaciones, hay partes en los que es fácil observar la mano del autor, porque tiene una técnica, estilo, vocabulario, sintaxis característicos evidentes en todas las versiones. Se puede decir con certeza que lo principal de la obra de Ben Sira se ha preservado, mientras que las pequeñas variantes marginales registradas en los fragmentos y confirmadas por las traducciones se deben considerar como la evidencia de la existencia de dos ediciones separadas escritas por el mismo Ben Sira. Es muy evidente que el Eclesiástico ha sufrido algunas alteraciones en las manos de los escribas.









El “Himno de los Patriarcas”, que se ha preservado en su totalidad, muestra que el canon de la ley y de los profetas se cerró, como el nieto del autor afirma expresivamente. Se ordenaron los profetas en el orden generalmente adoptado en la Biblia hebrea, como sigue: Josué, Jueces, Samuel, Reyes ("Nebi'im Rishonim"), Isaías, Jeremías, Ezequiel y los Doce Profetas menores ("Nebi'im Aḥaronim"); y la expresión “los Doce Profetas” se sancionó por costumbre. La mayor parte de los “Hagiographa” se había considerado ya canónica, incluyendo los Salmos, Proverbios, Job , y posiblemente el Cantar de los Cantares, Nehemías y Crónicas. El silencio del autor considera que los Hagiographa no aportan nada, puesto que procura enfatizar el sacerdocio en esta sección, y lo que no se incluye en su esquema se omite.



La frecuencia con que Ben Sira se vale de Job y de Proverbios, prueba que estos libros estuvieron en circulación durante mucho tiempo, aunque la diferencia entre el original y su respectiva cita sea considerable. Es más, el intento elaborado de intentar imitar el estilo afectado de la poesía didáctica fue un fracaso, y se introdujeron cambios radicales en la época del autor. Mientras que todavía utiliza el paralelismo y emplea versículos simétricamente divididos en hemistiquios, presenta en esta obra sobre la sabiduría conceptos excluidos, como alusiones a la historia sagrada y exhortaciones a cumplir el deber de la adoración religiosa. Ya se ha hecho mención de las innovaciones literarias. No es menos significativo que la dicción es imitativa, siendo una mezcla de centos y reminiscencias bíblicos. Aún sin ser afectados por los helenismos, el léxico se caracteriza por los rabinismos, y por arameísmos y arabismos. El estilo es decadente, mostrando una mezcla de prolijidad y de concisión, construcciones atrevidas, la repetición de ciertas figuras, imitación, y falsa elegancia, cara a cara con el acierto de la fraseología y del uso de las imágenes. Estas cualidades denotan el período en que la espontaneidad y la originalidad se reemplazaron por la pedantería, el convencionalismo, y la artificialidad. En consecuencia, el conocimiento cuidadoso del Eclesiástico será indispensable para el que desee estudiar las partes análogas de la Biblia, aunque sea imposible determinar la relación entre Eclesiastés y Eclesiástico de una simple comparación entrambos, a pesar de sus frecuentes puntos de contacto.









El texto griego, como se observó más arriba, es la obra del nieto del autor, que fue a Egipto el año 132 antes de Cristo. El prólogo a la “Sinopsis” de Atanasio da su nombre como Jesús; pero este pasaje es espúreo. Aunque el traductor haya podido ir a Egipto en el año 132 antes de Cristo, no tiene porqué haber hecho la traducción de la obra en ese año; de hecho, dice que pasó algún tiempo antes de empezar la tarea. Se ha adelantado la teoría de que él no empezó a traducir la Obra de Ben Sira hasta el año 116 antes de Cristo, pero la incorrección de esta afirmación ha sido revelada por Schürer. En la introducción el traductor pide la indulgencia de sus lectores, una precaución justificada, puesto que su versión deja mucho que desear, a veces alterando el significado del texto y, de nuevo, conteniendo errores de bulto, por lo que se debe liberar el texto de numerosos errores de los escribas, antes de que sean ingenuamente juzgados.



La versión hebrea muestra que el manuscrito griego, el cual ha preservado óptimamente la redacción del original, es el nº 248 de Holmes & Parsons, que se utilizó en la Políglota Complutense. A pesar de la extricta purificación del texto, Ben Sirá contiene abundantes errores, debidos a apresuradas lecturas. Mientras que el traductor se aferraba fielmente al original, a veces añadía comentarios propios, pero raramente cortos, aunque ocasionalmente pasaba por alto pasajes en que el juego de imágenes era demasiado atrevido o el antromorfismo demasiado deslumbrante. Más aún, frecuentemente sustituía la traducción de un versículo por otro dado en un pasaje de similar contenido. La versión utilizada por él no siempre coincidía con el contenido en los fragmentos hebreos.









Como dice el mismo San Jerónimo, la versión latina contenida en la Vulgata no es la obra original, sino la utilizada en las iglesias africanas en el primer tercio del siglo III; y la verdad de esta afirmación se prueba certeramente por las citas de Cipriano. El texto se caracteriza por el gran número de interpolaciones de una tendencia parcial, aunque en general una traducción servil y a menudo esclava del griego; pero también contiene desviaciones del griego, que sólo se pueden explicar sobre la hipótesis del hebreo original. Estas correcciones se realizan sobre la base del manuscrito hebreo de la misma recensiónes de los manuscritos B y C, los cuales se tomaron de un texto que ya se había convertido en corrupto. Tales cambios se hicieron, por tanto, antes del siglo III. Las correcciones peculiares al Itala se atestiguan por las citas de Cipriano, y pudieron derivarse de un manuscrito llevado a África. Pudieran dividirse en dos grupos: casos en el que el correspondiente pasaje en Hebreo se localiza junto al texto ordinario griego, y pasajes en el hebreo interpretado se sustituye por la lectura griega. Después del capítulo 44 la Vulgata y el Itala coinciden. Las otras versiones basadas sobre el griego son el Hexaplar siríaco editado por Ceriani en 1874, el copto o sahídico editado por Lagarde en 1883, el etíope editado por Dillmann en 1894, y el armenio, a veces utilizado para verificar la lectura de la versión griega.









Mientras que la versión siríaca no posee la importancia de la griega, es igualmente útil para la reconstrucción de la hebrea sobre la cual directamente se basa, como lo han demostrado meridianamente el descubrimiento de los fragmentos. Como norma, el traductor entendió su texto, pero sus errores son innumerables, incluyendo pasando por alto los errores de los escribas, los cuales no eran infrecuentes. Por desgracia, su copia es incompleta, por lo que su versión posee numerosas lagunas, una de las cuales37 se rellenó con un pasaje prestado del Hexaplar siríaco. Esta traducción completa es un rompecabezas. En algunos pasajes sigue fielmente al original, en otros es poco más que una paráfrasis, o un incluso una representación o paradigma. Algunas veces en que la traducción ofrece pocos errores, en otras delata total ignoramcia del significado del texto. Es posible que la versión siríaca fuera la obra de varios traductores. Algunas de sus correcciones y repeticiones delatan una predisposición cristiana; e incluso lleva sesgos de una revisión sobre la versión griega. A pesar de sus numerosos defectos, es valorable compararla con la versión griega, incluso en los pasajes donde difiere mucho, excepto donde se vuelven fantásticas. Por tanto, mece su estudio cuidadoso y detallado con la ayuda de comentarios y las citas de ella de los autores sirios, como se ha hecho con las glosas de Bar Hebraeus de Katz. La traducción al árabe incluida en la Políglota londinenese, basada sobre la versión siríaca, es un anexo al aparato crítico de la obra.









Bibliografía









Sobre el texto hebreo en orden cronológico:



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Cowley and Neubauer, The Original Hebrew of a Portion of Ecclesiasticus (xxxix. 15-xlix. 11), Together with the Early Versions and an English Translation, Followed by the Quotations from Ben Sira in Rabbinical Literature, Oxford, 1897;

Halévy, Etude sur la Partie du Texte Hébreu de l'Ecclésiastique Récemment Découverte [xxxix. 15-xlix. 11], in Rev. Sém. v. 148, 193, 383;

Smend, Das Hebräische Fragment der Weisheit des Jesus Sirach, in Abhandlungen der Göttinger Gesellschaft der Wissenschaften, 1897, ii. 2 (containing the same text);

Collotype Facsimiles of the Oxford Fragment of Ecclesiasticus, Oxford, 1897;

Israel Lévi, L'Ecclesiastique ou la Sagesse de Jesus, Fils de Sira, Texte Original Hébreu, Traduit et Commenté, in Bibliothèque de l'Ecole des Hautes Etudes, Sciences Réligieuses, x., No. i., Paris, 1897 (part ii., ib. 1901);

Schlatter, Das Neugefundene Hebräische Stück des Sirach, Güterslohe, 1897;

Kohn, same text, in Ha-Shiloaḥ, iii. 42-48, 133-140, 321-325, 517-520;

Schechter, Genizah Specimens: Ecclesiasticus [xlix. 12-1. 22], in J. Q. R. x. 197;

Schechter and Taylor, The Wisdom of Ben Sira, Cambridge, 1899;

Halévy, Le Nouveau Fragment Hébreu de l'Ecclésiastique [xlix. 12-1. 22], in Rev. Sém. vii. 214-220;

Margoliouth, The Original Hebrew of Ecclesiasticus xxxi. 12-31 and xxxvi. 22-xxxvii. 26, in J. Q. R. xii. 1-33;

Schechter, A Further Fragment of Ben Sira [iv. 23-v. 13, xxv. 8-xxvi. 2], ib. pp. 456-465;

Adler, Some Missing Fragments of Ben Sira [vii. 29-xii. 1]. ib. pp. 466-480;

Lévi, Fragments de-Deux Nouveaux Manuscrits Hébreux de l'Ecclésiastique [xxxvi. 24-xxxviii. 1; vi. 18-19; xxviii. 35; vii. 1, 4, 6, 17, 20-21, 23-25], in R. E. J. xl. 1-30;

Gaster, A New Fragment of Ben Sira [xviii. 31-33; xix. 1-2; xx. 5-7; xxvii. 19. 22, 24, 26; xx. 13], in J. Q. R. xii. 688-702;

Ecclesiasticus: The Fragments Hitherto Recovered of the Hebrew Text in Facsimile, Cambridge and Oxford, 1901;

Schlögel, Ecclesiasticus xxxix. 12-xlix. 16, Ope Artis Criticœ et Metricœ in Formam Originalem Redactus, 1901;

Knabenbauer, Commentariusin Ecclesiasticum cum Appendice: Textus Ecclesiastici Hebrœus Descriptus Secundum Fragmenta Nuper Reperta cum Notis et Versione Litterali Latina, Paris, 1902;

Peters, Der Jüngst Wiederaufgefundene Hebräische Text des Buches Ecclesiasticus, etc., Freiburg, 1902;

Strack, Die Sprüche Jesus', des Sohnes Sirach, der Jüngst Wiedergefundene Hebräische Text mit Anmerkungen und Wörterbuch, Leipsic, 1903;

Lévi, The Hebrew Text of the Book of Ecclesiasticus, Edited with Brief Notes and a Selected Glossary, Leyden, 1904, in Semitic Study Series, ed. Gottheil and Jastrow, iii.;

La Sainte Bible Polyglotte, ed. Viguroux, vol. v., Paris, 1904;

Peters, Liber Iesu Filii Sirach sive Ecclesiasticus Hebraice Secundum Codices Nuper Repertos, Vocalibus Adornatus Addita Versione Latina cum Glossario Hebraico-Latino, Freiburg, 1905.







Sobre la originalidad del libro:



Margoliouth, The Origin of the "Original Hebrew" of Ecclesiasticus, London, 1899;

Bacher, in J. Q. R. xii. 97-108;

idem, in Expository Times, xi. 563;

Bickell, in W. Z. K. M. xiii. 251-256;

Halévy, in Rev. Sém. viii. 78-88;

König, in Expository Times, x. 512, 564; xi. 31, 69, 139-140, 170-176, 234-235;

idem, Die Originalität des Neulich Entdeckten Hebräischen Sirachtextes, Tübingen, 1900;

idem, in Neue Kirchliche Zeitung, xi. 60, 67;

idem, in Theologische Rundschau, iii. 19;

idem, in Evangelische Kirchen-Zeitung, lxxiv. 289-292;

Lévi, in R. E. J. xxxix. 1-15, xl. 1-30;

Margoliouth, in Expository Times, xi. 90-92, 191, 427-429, 521; xii. 45, 95, et passim;

Ryssel, in Theologische Studien und Kritiken, lxxv. 406-420;

Schechter, in Expository Times, xi. 140-142, 382, 522;

Selbie, ib. 127, 363, 378, 446, 494, 550;

Tyler, in J. Q. R. xii. 555-562.







Estudios sobre el texto hebreo



Bacher, in J. Q. R. ix. 543-562, xii. 272-290;

idem, in Stade's Zeitschrift, xx. 308;

idem, in R. E. J. xl. 253;

Blau, ib. xxxv. 25-29;

Büchler, ib. xxxviii. 137-140;

Chajes, ib. xl. 31-36;

Cheyne, in J. Q. R. x. 13, xii. 554;

Cowley, ib. xii. 109-111;

Cowley and Neubauer, ib. ix. 563-567;

Frankel, in Monatsschrift, xiii. 380-384, xliii. 481-484;

Ginsburger, in R. E. J. xlii. 267;

Grimme, in Orientalistische Literaturzeitung, ii. 213, 316;

idem. in La Revue Biblique, ix. 400-413; x. 55-65, 260-267, 423-435;

Gray, in J. Q. R. ix. 567-572;

Halévy, in Journal Asiatique, 1897, x. 501;

Herz, in J. Q. R. x. 719-724;

Hogg, in Expositor, 1897, pp. 262-266;

idem, in American Journal of Theology, i. 777-786;

Houtsma; in Theologisch Tijdschrift, xxxiv. 329-354;

Jouon, in Zeitschrift für Katholische Theologie, xxvii. 583 et seq.;

Kaufmann, in J. Q. R. xi. 159-162;

idem, in Monatsschrift, xi. 337-340;

Kautzsch, in Theologische Studien und Kritiken. lxxi. 185-199;

Krauss, in J. Q. R. xi. 156-158;

Landauer, in Zeitschrift für Assyriologie, xii. 393-395;

Lévi, in R.E.J.xxxiv. 1-50, 294-296; xxxv. 29-47; xxxvii. 210-217; xxxix. 1-15, 177-190; xl. 253-257; xlii. 269; xliv. 291-294; xlvii. l-2;

idem, in J. Q. R. xiii. 1-17, 331;

Margolis, in Stade's Zeitschrift, xxi. 271;

Margoliouth, in Athenœum, July, 1897, p. 162;

Méchineau, in Etudes. lxxviii. 451-477, lxxxi. 831-834, lxxxv. 693-698;

Müller, in W. Z. K. M. xi. 103-105;

Nöldeke, in Expositor, 1897, pp. 347-364;

Peters, in Theologische Quartalschrift, lxxx. 94-98, lxxxii. 180-193;

idem, in Biblische Zeitschrift, i. 47, 129;

Rosenthal, in Monatsschrift, 1902, pp. 49-52;

Ryssel, in Theologische Studien und Kritiken, 1900, pp. 363-403, 505-541; 1901, pp. 75-109, 270-294, 547-592; 1902, pp. 205-261, 347-420;

Schechter, in J. Q. R. xii. 266-274;

Schlögel, in Z. D. M. G. liii. 669-682;

Smend, in Theologische Literaturzeitung, 1897, pp. 161, 265;

Steiniger, in Stade's Zeitschrift, xxi. 143;

Strauss, in Schweizerische Theologische Zeitung, xvii. 65-80;

Taylor, in J. Q. R. x. 470-488; xv. 440-474, 604-626; xvii. 238-239;

idem, in Journal of Theological Studies, i. 571-583;

Touzard, in Revue Biblique, vi. 271-282, 547-573; vii. 33 58; ix. 45-67, 525-563.









Principales ediciones del texto griego



Fritzsche, Libri Apocryphi Veteris Testamenti Grœce, Leipsic, 1871;

Holmes and Parsons, Vetus Testamentum Grœcum cum Variis Lectionibus, iv., Oxford, 1827;

Swete, The Old Testament in Greek, ii., Cambridge, 1891.

Of the Syriac text: Lagarde, Libri Veteris Testamenti Apocryphi Syriace, Leipsic, 1861;

Ceriani, Codex Syro-Hexaplaris Ambrosianus Photolithographice Editus, Milan, 1874.

On the other translations derived from the Greek: Peters, Der Jüngst Wiederaufgefundene Hebräische Text des Buches Ecclesiasticus, pp. 35 et seq.;

Herkenne, De Veteris Latini Ecclesiastici Capitibus i.-xliii., Leipsic, 1899;

Ryssel, in Kautzsch, Apokryphen, i.

Chief general commentaries: Fritzsche, Die Weisheit Jesus Sirach's Erklärt und Uebersetzt (Exegetisches Handbuch zu den Apokryphen), Leipsic, 1859;

Edersheim, in Wace, Apocrypha, ii., London, 1888;

Ryssel, in Kautzsch, Apokryphen, i.









Estudios especializados



Gfrörer, Philo, ii. 18-52, Stuttgart, 1831;

Dähne, Geschichtliche Darstellung der Jüdisch-Alexandrinischen Religionsphilosophie, ii. 126-150, Halle, 1834;

Winer, De Utriusque Siracidœ Ætate, Erlangen, 1832;

Zunz, G. V. pp. 100-105 (2d ed., pp. 106-111);

Ewald, Ueber das Griechische Spruchbuch Jesus' Sohnes Sirach's, in Jahrbücher der Biblischen Wissenschaft, iii. 125-140;

Bruch, Weisheitslehre der Hebräer, pp. 266-319, Strasburg, 1851;

Horowitz, Das Buch Jesus Sirach, Breslau, 1865;

Montet, Etude du Livre de Jésus, Fils de Sirach, au Point de Vue Critique, Dogmatique et Moral, Montauban, 1870;

Grätz, in Monatsschrift, 1872, pp. 49, 97;

Merguet, Die Glaubens- und Sittenlehre des Buches Jesus Sirach, Königsberg, 1874;

Sellgmann, Das Buch der Weisheit des Jesus Sirach in Seinem Verhältniss zu den Salomon. Sprüchen und Seiner Historischen Bedeutung, Breslau, 1883;

Bickell, Ein Alphabetisches Lied Jesus Sirach's, in Zeitschrift für Katholische Theologie, 1882, pp. 319-333;

Drummond, Philo Judœus, 1888, i. 144-155;

Margoliouth, An Essay on the Place of Ecclesiasticus in Semitic Literature, Oxford, 1890;

idem, The Language and Metre of Ecclesiasticus, in Expositor, 1890, pp. 295-320, 381-391;

Bois, Essai sur les Origines de la Philosophie Judéo-Alexandrine, pp. 160-210, 313-372, Paris, 1890;

Perles, Notes Critiques sur le Texte de l' Ecclésiastique, in R. E. J. xxxv. 48-64;

Krauss, Notes on Sirach, in J. Q. R. xi. 150;

Müller, Strophenbau und Responsion, Vienna, 1898;

Gasser, Die Bedeutung der Sprüche Jesu ben Sira für die Datierung des Althebräischnen Spruchbuches, Güterslohe, 1904;

comp. also Schürer, Gesch. iii. 157-166;

André, Les Apocryphes de l' Ancien Testament, pp. 271-310, Florence, 1903;

Toy, in Cheyne and Black, Encyc. Bibl. s.v. Ecclesiasticus and Sirach;

Nestle, Sirach, in Hastings, Dict. Bible.T.















COMENTARIOS SOBRE EL ECLESIÁSTICO







En la introducción el traductor clasifica los libros del Antiguo Testamento en tres clases: la Ley, los Profetas, y los demás escritores. Una clasificación semejante propone Jesucristo después de su resurrección, arguyendo que de él dieron testimonio en la Ley de Moisés, en los libros de los profetas y en los Salmos38.



El capítulo 1 empieza de una forma análoga a la de Proverbios. En el versículo 3 se tradujo la expresión “la profundidad del abismo” según la antigua traducción del siríaco y del latín, pero el texto griego dice “el abismo y la sabiduría”. Los versículos 8-10 concluyen que sólo Dios es la fuente de sabiduría, y la repartió sobre todas las cosas creadas por Él39, generosamente sobre todos los hombres, y más abundantemente a los que le aman.



1:11-20. El temor de Dios40. No define el temor de Dios de la forma en que lo hace en Proverbios sino que lo desarrolla libremente con una serie de calificaciones como fama, motivo de alegrarse, gozo, corona de alegría, alegra el corazón, el que teme a Dios será bendecido. Otras calificativos son que es el principio de la sabiduría, la plenitud del conocimiento. Sin embargo, Proverbios es más específico, define el temor de Dios como el principio de la sabiduría41.



1:21-30. La buena conducta para con Dios. El versículo 26 dice que quien guarda los mandamientos, adquirirá sabiduría42, en el 27 el temor de Dios hace al hombre lleno de fe y de mansedumbre43, en el 28 que no se niegue el temor de Dios, y no ir a Él con corazón hipócrita44.









2. Confianza en el Señor en las pruebas y aflicciones. Comienza el versículo diciendo que nos preparemos para las pruebas45, y que aceptemos todas las pruebas que recibamos para ser purificados en el horno de la tribulación. Aquí viene uno de los temas recurrentes en el libro de Eclesiástico: Confiar en Dios46, pues ninguno de los que hayan recurrido a Él han sido abandonados47, y también es misericordioso48 para los que se arrepienten y salva a lo fieles en las aflicciones. Los temerosos de Dios no desobedecerán sus mandamientos y los que le aman le seguirán por sus caminos49. El capítulo acaba con esta conclusión: Es mejor caer en las manos del Señor que en la de los hombres50.









3:1-16. Honrar a los padres51. Es una alabanza del cuarto mandamiento. La cita más destacada es la de honrar a los padres con palabras y hechos52.



3:17-29. La humildad y el orgullo53.



3:30 – 4:10. La limosna54. Es otro de los temas recurrentes de Eclesiástico, y este era uno de los temas que toca otro libro deuterocanónico como es el libro de Tobías, que coincide con él que dar limosnas borra los pecados del dador55. A lo largo del discurso se hace hincapié en no negar la ayuda que pide el pobre56, y si además de eso el pobre te maldice por no ayudarle, Dios oirá su maldición con el peligro de hacérselo volver en su contra57. También dedica un versículo para ser como un padre para los huérfanos58 o un marido para la viuda59, pues se le bendecirá con ser hijo del Altísimo60 y Él le amará más que su madre.



4:11-19. La sabiduría educa. Amar la sabiduría es amar la vida61, los que la posean heredarán la vida (eterna)>sup>62
, y el Señor les bendecirá en todos sus hechos, pues el Señor ama a los que le aman, juzgará rectamente a las naciones , vivirá seguro, y la transmitirá a sus descendientes. Buscar la sabiduría y atesorarla supone que el Señor le descubrirá los misterios escondidos63, lo que implica implícitamente el derecho a la revelación personal.



4:20-31. La vergüenza y la conducta desmesurada. Aconseja ser juicioso en toda nuestra conducta, guardarse del mal y no avergonzarse de sí mismo, aunque más adelante en los capítulos 41 y 42 dirá algo más de qué se debe avergonzar una persona. Distingue la vergüenza que conduce al pecado y la que conduce a lo bueno y a lo honorable. Y desarrolla estas actitudes contradictorias de la siguiente forma:



- Hablar cuando se deba hablar, o sea, con prudencia y que refleje sabiduría. Recuerda el consejo de Cristo de sea tu hablar si, si, o no, no del Sermón del Monte.



No argumentar contra la verdad.



No avergonzarse de confesar los pecados64.



No someterse al hombre necio.



No oprimir a los débiles.



Luchar por la verdad.



No ser alocado en la forma de hablar, ni imprudente en el actuar.



No maltratar a la familia ni oprimir a los subordinados.



No ser tan pronto para recibir, ni tan remiso para dar65.









5:1-8. El orgullo del rico y del pecador. Aconseja no basar la vida en las riquezas66, ni decir “Esto me basta”67. Aconseja no querer adquirir riquezas injustas68 (Buscar en el manual de instituto del Nuevo Testamento la explicación del mayordomo infiel para Lucas 16:1-15).



5:9 – 6:4. El hablar del sabio. En cuanto al lenguaje aconseja no ser de doble lengua y ser claro69, estar presto para escuchar70 y tomar tiempo para responder71. La lengua del imprudente puede ocasionarle la ruina72, sin embargo, la del prudente le será beneficiosa73. Advierte de la enemistad o de perder un amigo.



6:5-17. La amistad. Es otro de los temas del libro: la boca dulce74, los consejos75, el amigo en las aflicciones76 y en la riqueza77.



6:18-37. Consecución de la sabiduría. Empieza como en Proverbios: adquiere sabiduría desde la juventud78 y lo tendrá hasta la vejez; adquirir sabiduría requiere tiempo y lo compara como el agricultor que siembra y cultiva los cereales y las hortalizas hasta que ve sus frutos79. Aconseja buscar la sabiduría y someterse a su yugo80, por usarla le sobrevendrán bendiciones al prudente y al justo, y por último aconseja guardar los mandamientos.



7:1-17. Varios consejos. Prefiguración de la ley de la cosecha81, aconseja no pretender los puestos de honor82. Aconseja no mentir, ni ser parlanchín en lo público, ni asociarse con pecadores.



7:18-28. Los amigos y la familia. Aconseja cuidar a los amigos, no despreciar al hermano por las riquezas, ni alejarse de la mujer sensata, no tratar mal al siervo, de cuidar a la familia en la luz y la verdad. De honrar a padre y a madre.



7:29-31. Los sacerdotes. Aconseja adorar a Dios de todo corazón y honrar a sus sacerdotes, amar al Creador y no descuidar los servicios de culto en la sinagoga, y dar diezmos y primicias.



7:32-36. Sobre los pobres y necesitados83.



8:1-7. Sobre las discusiones. Aconseja no pleitear con el poderoso, ni con el rico, por el riesgo de que por dinero le corrompan; no discutir con el parlanchín, ni con el ignorante; no echar en cara el pecado al que se arrepentido de él, porque todos somos pecadores84; no despreciar al anciano85; no alegrarse por la muerte de alguien, porque todos moriremos.



8:8-9. Atender las historias de los ancianos, es decir, la tradición oral86.



8:10-19. Sobre las relaciones humanas. No reconvenir a los pecadores, no enfrentarse al sinvergüenza impenitente, porque las palabras caerán en saco roto, no hablar con un deslenguado, no juzgar al juez, no juntarse con los temerarios, no meterse en líos con los de genio vivo, no confíes secretos al insensato, no hacer nada en secreto delante del extranjero, ni abras tu corazón a un desconocido.



9:1-9. Relaciones con las mujeres. No ser celoso de la esposa, no subordinarse a la esposa, no relacionarse con las prostitutas, no mirar fijamente a las muchachas.



9:10-18. Más sobre las relaciones humanas. Cuidar a los amigos. No tener envidia de lo bien que le va al pecador, no acercarse a aquél que tiene poder para matar. En la medida de lo posible, relacionarse con los del entorno, pidiendo consejo a los ancianos, habla con los sensatos.



10:1-5. Los gobernantes. Los buenos gobernantes harán justicia al pueblo. El pueblo tiene los gobernantes que se merece. El gobierno del mundo está en las manos del Señor, y hace surgir al gobernante conveniente en cada época, en manos de Dios está el gobernante y le inspira.



10:6-18. Contra el orgullo. No acordarse de las injurias recibidas por tus adversarios. Tanto para el hombre como para Dios el orgullo es abominable. La nación es sacudida por las injusticias, la violencia y la codicia. El principio del orgullo es alejarse del Señor87, y es el comienzo de todo pecado. A la larga el Señor pondrá a cada uno en su sitio.



10:19-31. El verdadero valor del hombre. El hombre de valor es el que teme a Dios, se respeta a sí mismo y respeta al prójimo.



1 Eclesiástico 34:12-13.



2 Eclesiástico 33:16.



3 Eclesiástico 33:16.



4 Eclesiástico 36:1-19



5 Se refiere a un himno añadido entre los versículos 12 y 13 del capítulo 51.



6 Eclesiástico 36:5.



7 Eclesiástico 18:1.



8 Eclesiástico 16:18, 23; 18:4.



9 Eclesiástico 18:1; 24:12.



10 Eclesiástico 17:1-8.



11 Eclesiástico 15:14-22.



12 Eclesiástico 17:9-16.



13 Eclesiástico 16:12; 17:28.



14 Eclesiástico 24:13-16.



15 Eclesiástico 36:1-19.



16 Eclesiástico 48:10.



17 Eclesiástico 25:23.



18 Eclesiástico 40:1-11.



19 Eclesiástico 14:22 – 15:6; 16:1-14.



20 Eclesiastés 41:1-3.



21 Eclesiástico 9:16-17.



22 Eclesiástico 17:26-27.



23 Eclesiástico 1:16.



24 Eclesiástico 1:6-7.



25 Eclesiástico 24:6ss.



26 Eclesiástico 24:3ss.



27 Eclesiástico 1:10-13.



28 Eclesiástico 1:16.



29 Eclesiástico 24:11; 20, 32, 33.



30 Eclesiástico 6:18-20; 20:32,33



31 Eclesiástico 2:8-10.



32 Eclesiástico 34:14-20; 33:37, 38, etc.



33 Edersheim, in Wace, "Apocrypha," p. 21.



34 Didache 4:5.



35 Barnabas 19:9.



36 Concretamente Eclesiástico 39:15 – 40:7.



37 Eclesiástico 43:1-10.



38 Lucas 24:44.



39 Joel 2:28-29; Hechos 2:17-18,33



40 Eclesiástico 1:11-20; 2:7-17; 10:19-24; 15:1, 13, 19; 17:8; 19:20; 21:6, 11; 25:6,11; 32:14,16; 33:1; 34:14-18; 40:26-27; Deuteronomio 4:10; Salmos 15:4.



41 Proverbios 1:29; 2:5; 9:10; 15:33; Salmos 111:10; Job 28:28; Eclesiastés 12:13; Eclesiástico 1:14,16; 15:1; 19:20.



42 Eclesiástico 2:16; 19:20; 24:23; 33:2; Eclesiastés 12:13.



43 Eclesiástico 3:17; Mateo 5:5; 11:29; Salmos 37:11; 2 Corintios 10:1; Gálatas 5:23; Tito 3:2.



44 Eclesiástico 2:12; 5:9,14; 6:1; Salmos 12:3; Santiago 1:6-8.



45 Santiago 1:2-4; 1Pedro 4:12.



46 Eclesiástico 11:21; 32:24; 34:15-18; Proverbios 3:5-7.



47 Salmos 22:4-6; 37:25; Job 4:7.



48 Eclesiástico 5:4; 18:11-14; Éxodo 34:6-7; Números 14:18; Joel 2:13; Jonás 4:2; Salmos 86:15; 103:8; Nehemías 9:17,31; Santiago 5:11.



49 Deuteronomio 10:12-13; Juan 14:15,21; 1 Juan 5:3.



50 2 Samuel 24:14.



51 Éxodo 20:12; 21:17; Levítico 19:3; Deuteronomio 27:16; Mateo 15:4; Lucas 2:51; Efesios 6:2-3.



52 Mateo 21:28-31; Marcos 7:9-13.



53 Proverbios 3:34; 29:23; Mateo 20:26-28; Filipenses 2:5-11; Santiago 4:6, 1 Pedro 5:5.



54 Eclesiástico 7:10,32; 29:8-13; 35:4; 40:17,24; Deuteronomio 15:7-11; Proverbios 22:9; Tobías 4:8-11,16.



55 Tobías 12:9.



56 Tobías 4:7.



57 Eclesiástico 21:5; 35:16-19; Deuteronomio 15:9; 24:15.



58 Job 29:12.



59 Según la versión hebrea dice para la viuda, pero en la griega para su madre.



60 Lucas 6:35.



61 Proverbios 3:16-18.



62 En otras traducciones se traduce que heredará la honra como se sugiere en Proverbios 3:35.



63 Job 11:6; Daniel 2:19-23.



64 Levítico 5:5; Números 5:7; Proverbios 28:13.



65 Hechos 20:35.



66 Salmos 62:10-11; Mateo 19:22; Lucas 12:15-21; 1 Timoteo 6:17.



67 Eclesiástico 11:23-24.



68 Jeremías 17:11; Proverbios 10:2; Lucas 9:25; 16:9,11.



69 Mateo 5:37; Santiago 5:12.



70 Santiago 1:19.



71 Eclesiástico 11:8; Proverbios 18:13.



72 Eclesiástico 28:13-26; Salmos 5:10; Proverbios 13:3; 15:4; 26:28, Santiago 3:6.



73 Proverbios 10:20-21,31-32; 15:2; 18:21.



74 Proverbios 15:1; 16:24.



75 Eclesiástico 6:10; 37:1-15.



76 Proverbios 17:17; Eclesiástico 40:24.



77 Proverbios 14:20; Eclesiástico 13:21.



78 Proverbios 1:8; 22:6; Eclesiástico 51:13; Sabiduría 8:2.



79 Eclesiástico 4:11-15; Proverbios 8:18-19; Sabiduría 7:14.



80 Eclesiástico 51:26; Mateo 11:29-30.



81 Job 4:8; Proverbios 22:8; Gálatas 6:7-8.



82 Eclesiástico 13:9-10; Proverbios 25:6-7; Lucas 14:7-11.



83 Salmos 41:2; Deuteronomio 14:39; 2 Samuel 21:10-14; Romanos 12:15; Mateo 25:34-45.



84 Eclesiastés 7:20; Romanos 3:10-20; 1 Juan 1:8-10.



85 Levítico 19:32; Lamentaciones 5:12.



86 Salmos 44:2; Job 15:17-18; Proverbios 1:8.



87 Deuteronomio 8:14.

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