sábado, 5 de junio de 2010

Baruc

LIBRO DE BARUC



Baruc era el secretario del profeta Jeremías y el tradicional autor del libro deuterocanónico que lleva su nombre. Él era hijo de Nerías1, y lo más probable es que fuera hermano de Seraias, el principal camarero del rey Sedequías2. Después de que el Templo de Jerusalén fuera profanado por Nabucodonosor en el año 599 antes de Cristo, Baruc escribió bajo el dictado de Jeremías las profecías de este gran profeta, prediciendo el retorno de los babilonios, y leyéndolas al pueblo judío, a pesar de que ponía en riesgo su vida. Él también escribió la segunda edición de las profecías de Jeremías, después de que la primera fuera mandada quemar por el enfurecido rey Joaquín. Permaneció fiel íntegramente a las enseñanzas e ideales del gran profeta, aunque a veces parezca haberse dado a sentimientos de falta de correspondencia o incluso a la ambición personal3. Estuvo con Jeremías durante el último sitio de Jerusalén y fue testigo de la compra hecha por el profeta de la heredad de Anatot4. Después de la caída de la ciudad y del saqueo del templo, probablemente vivió Baruc con Jeremías en Masphath. Sus enemigos le acusaron de haber impulsado al profeta que avisaran a los judíos a permanecer en Judá, en vez de bajar a Egipto5, donde según la tradición preservada por San Jerónimo, murieron antes de que Nabucodonosor invadiera Egipto.

El libro de Baruc es uno de los libros apócrifos o deuterocanónicos del Antiguo Testamento. Consta de dos partes. La primera abarca desde 1:1 a 3:8, y formalmente es una carta en prosa con una introducción histórica. Baruc, el secretario de Jeremías, habiendo escrito un libro, lo lee delante del rey Joaquín y a los exilados en Babilonia. El pueblo gime, ayuna, y ora. Hacen una colecta de dinero, que lo mandarán a Jerusalén para el servicio del Templo, con el mandamiento de orar por el rey Nabucodonosor, rey de Babilonia, y por su hijo Belsasar, para que el pueblo pueda vivir en paz bajo el mandato de esos príncipes6. Le sigue una carta, presumiblemente escrita por Baruc, aunque no mencionada expresamente como tal. La carta7 es la confesión del pecado nacional, el reconocimiento de la justicia del castigo a la nación y una oración implorando misericordia.

La segunda parte del libro difiere formalmente y tono de la primera. Consiste en dos poemas: el primero8 es una exhortación a Israel a que aprenda sabiduría, la cual es descrita como la fuente de toda felicidad y como el libro de los mandamientos de Dios. El segundo poema es un cuadro del sufrimiento de Israel y una exhortación a Israel a que se anime y espere la salvación de Dios, representándose aquí a Jerusalén como una viuda desolada lamentándose por el desastre de sus hijos.



Parece probable que la primera parte del libro fuera escrito en hebreo, tanto por el carácter hebraico de la dicción y como por ciertos errores que en griego son explicables por malentendidos de las palabras hebreas; así maná9 es una mal interpretación de ofrenda hecha con cereal (); muerto10 por hombres(); pagar el castigo11 por consternar (quizá o - léase ); y el enigmático río Sud12 posiblemente sea un error de Kebar ( for ).



El libro empieza propiamente en Baruc 1:15. La confesión y la oración parecen constar de dos partes: nominalmente 1:15 – 2:5 y 2:6-35, y parecen ser, como mantiene Marshall, dos producciones separadas, la primera la confesión del remanente, la segunda de los exiliados. Parece más probable que la carta sea una yuxtaposición de dos formas de confesión. Muy pocos eruditos mantienen actualmente que el libro fuera compuesto por el secretario de Jeremías, como su relación a los libros de Jeremías y Daniel excluye su origen. La notable coincidencia verbal entre la confesión y Daniel 9 se explica en su mayor parte por la suposición de que Baruc toma prestado de Daniel; la hipótesis de que Daniel toma prestado de Baruc o que ambos derivan de materiales o fuentes anteriores es mucho menos satisfactoria. Aquí, sin embargo, se encuentra un problema. En 2:26 se dice que el Templo está en ruinas, una afirmación que sólo concuerda con dos momentos históricos determinados: las conquistas babilónica (589 antes de Cristo) y romana (70 de la era cristiana). Algunos eruditos datan esta parte del libro posterior a la destrucción de Jerusalén por Tito. Sin embargo, es difícil reconciliar esta hipótesis con la visión que da de los muertos13, donde se dice que aquellos cuyos espíritus han sido tomados de los cuerpos, no atribuyen honra y justicia al Señor. Esta afirmación está en concordancia con la visión del antiguo judaísmo del Seol. En consecuencia, tal como está el texto, hay fechas discordantes, pero si, como Kneucker mantiene, 2:26ª es producto de una interpolación, no hay razón por la cual la confesión y la oración no puedan atribuirse al período macabeo.



La introducción histórica es confusa, y en verdad no sirve de nexo preparatorio a la confesión; de hecho, parece ser una idea adicional. Las singulares afirmaciones históricas (tales como que el rey Sedequías hizo vasos de plata), como también la invitación a orar por Nabucodonosor y Belsasar, indican un período posterior, y sugiere con gran fuerza una dependencia del libro de Daniel. Es imposible decir cuán antiguo era la visión, puesto que Belsasar era hijo de Nabucodonosor. Algunos escritores han visto recientemente en los nombres de los dos príncipes babilonios una referencia a Vespasiano y a Tito. La fecha dada con la expresión “en el quinto año” es oscura. Pudiera significar el quinto año después de la toma de Jerusalén (584 antes de Cristo), o más probablemente pudiera ser tomada de Ezequiel, cuya época es el quinto año de la cautividad de Joaquín (592 antes de Cristo). Pero no hay motivo para suponer que Baruc aún estuviera en Babilonia. Aunque hay dificultades en algunas hipótesis, parece probable que la primera parte de Baruc se componga de dos confesiones, que un editor de la época macabea las reuniera y le diera un prefacio atribuido a Baruc.



La obvia imitación de Job y Eclesiástico en la segunda parte del libro14 la hace datar del siglo II antes de Cristo, y las condiciones parecen concordar con el ambiente de Judas Macabeo. Otros, sin embargo, la sitúan después de la toma de Jerusalén por Tito, manteniendo que la expresión “nación extraña”15 se refiere a los cristianos, y lo relaciona a la época en que el antagonismo entre judaísmo y cristianismo era notoria. Tambíen puede ser entendida la expresión como el antagonismo entre el judaísmo y el helenismo del período macabeo. El versículo “después se mostró en la tierra y conversó con los hombres”16 es una interpolación cristiana.

El segundo poema (4:5 – 5:9) pertenece al mismo período que al primero. Se divide en un número de estrofas, cada una de ellas empieza con las palabras “Sé de buen ánimo”. Se exhorta al pueblo, dispersado y afligido, a confiar en Dios, y se impulsa a Jerusalén a coger valor. El cuadro descrito puede concordar tanto con el período macabeo como con la invasión de Tito. El parecido entre 4:36 – 5:9 con Salmos de Salomón 11 es impresionante. Independientemente de quién los haya tomado prestado, los dos pertenecen al mismo período, y los Salmos de Salomón no se compusieron más allá del año 48 antes de Cristo.



El libro de Baruc nunca fue aceptado como canónico entre los palestinos judíos. Según las “Constituciones Apostólicas” se leía en adoración pública en el día diez del mes Gorpaios (probablemente Ab). Esta afirmación puede hacerse con autoridad; e incluso si fuera correcta, sólo se referiría al uso de algunos grupos de judíos helenísticos. Si, como parece probable, la primera parte se redactara en hebreo, la exclusión del canon palestino debió deberse a la falta de autoridad profética. Sin embargo, los judíos de Alejandría lo aceptaron como obra edificante; y por medio de la Septuaginta pasó a los cristianos, entre los que rápidamente pasó a ser popular, siendo frecuentemente citado por Atenágoras, Clemente de Alejandría, y muchos otros como una obra de Jeremías y como sagrada escritura. En las primeras listas de libros canónicos cristianos la obra se incluyó en Jeremías, y junto con los demás deuterocanónicos fueron declarados canónicos por el Concilio de Trento. Sin embargo, los protestantes no aceptan su canonicidad. Además de su valor como reflejo de su tiempo, el libro, aunque desprovisto de nuevas ideas, contiene muchos pasajes poéticos y litúrgicos de suma belleza y poder.



La epístola de Jeremías se suele señalar como capítulo 6 de Baruc, pero es una obra aparte.

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